Discursos do acto de apertura do curso universitario español na Universidade da Coruña

Nota de prensa
1/10/19 11:31
  • Institucional

Apertura de curso del Sistema Universitario Español

Discursos

 

Discurso de S. M. el Rey en la apertura del Curso Universitario 2019/2020

 

“Para min ė un orgullo e sempre unha gran honra presidir cada ano a apertura oficial do curso universitario para toda España. E nesta ocasión alėgrome moito de facelo nunha terra como Galicia, pola que tanto cariño sentimos, e nunha universidade tan xoven e moderna como a Universidade da Coruña que hoxe nos acolle.

Es indudable que nuestro sistema universitario, conformado a largo de 40 años de democracia, ha contribuido de forma decisiva a la articulación de nuestra sociedad y ha sido crucial para que durante estos años hayan crecido de manera muy notable la igualdad de oportunidades entre ciudadanos y la aportación de conocimiento para nuestro desarrollo. Y es crucial e incuestionable que nuestras universidades, como vanguardia de la sociedad y apuesta constante de futuro, continúen desempeñando ese papel.

Así, los pilares de nuestra universidad son sólidos. España se encuentra entre los 10 países con mayor productividad científica del mundo ─la mayor parte de ella surge del entorno universitario─ y ha vertebrado un sistema de educación superior cohesionado que permite una formación de alta calidad en todo nuestro país. Es una realidad que las universidades españolas forjan profesionales muy bien preparados, como los del resto de los países más avanzados.

Aunque durante los años de crisis la actividad de la Universidad se vio muy afectada, ciertamente el conjunto del sistema universitario fue capaz de mantener su funcionamiento gracias al compromiso y el esfuerzo de sus plantillas: profesores, investigadores y resto de trabajadores que han permitido conservar la calidad universitaria. Sin duda, este esfuerzo ha hecho posible que el sistema universitario español mantenga también una posición relevante en el ámbito internacional.

Sin embargo, no son pocos los desafíos a los que se enfrenta España en los próximos años en el contexto de la educación superior. Me refiero a cuestiones como la mejora de la inserción laboral de los nuevos titulados, la modernización del currículo de sus estudios, una mayor internacionalización, o la captación de personas con talento investigador que hayan desarrollado parte de su carrera profesional en el extranjero. También me refiero a los nuevos modos de transferencia del conocimiento, al fomento de las vocaciones científicas y a los retos educativos de primera magnitud asociados a los procesos de digitalización y robotización en el trabajo.

Colectivamente debemos ser conscientes de que la tecnología y la automatización inteligente asumirán cada vez más muchos aspectos de las profesiones cualificadas, y que esto sucederá a un ritmo vertiginoso. La manera en que estos fenómenos impactarán en el mundo laboral y social será una realidad que tendremos que afrontar como sociedad en los próximos años; también, naturalmente, desde la Universidad. Frente a este escenario que se aproxima, las instituciones educativas deberán estar preparadas para atender la inminente transformación tecnológica.

Por ello, es necesario plantear cuanto antes el mejor modo de preparar a nuestros jóvenes para los nuevos empleos digitales, muchos de ellos aún por definir, y qué soluciones educativas son las mejores para escenarios complejos cada vez más próximos.

Se trata, sin duda, de un desafío complejo. La Universidad debe garantizar, además, que la comunidad estudiantil en su conjunto reciba formación suficiente con la que evaluar los riesgos, las expectativas y las oportunidades del futuro, de modo que puedan orientarse los desarrollos técnicos en beneficio de toda la sociedad. Finalmente, esto deberá hacerse sin que se resientan los puentes de transmisión de todo nuestro acervo cultural y de los saberes humanísticos que nos definen.

Será necesario, por tanto, fortalecer los estudios en tecnología y computación ─pues, en cierto modo, ser competente en estas disciplinas será el equivalente moderno del saber leer y escribir de siglos pasados─; pero sin olvidar que los problemas más acuciantes que hoy nos plantea el desarrollo científico-tecnológico nos remiten a preguntas que deben tener en cuenta necesariamente las concepciones y los saberes humanísticos. Los sistemas universitarios en el siglo XXI deberán, pues, combinar una doble función: desempeñar un papel fundamental en la nueva economía y, simultáneamente, reivindicar de modo riguroso su espíritu crítico como parte de su compromiso social.

En la actualidad numerosas voces advierten de una crisis de la propia idea de Universidad. El reto reside en adaptar una institución con tantos siglos de historia para que siga siendo central hoy y mañana, aún bajo el ritmo de los cambios acelerados de nuestro tiempo. La propia expresión “Universitas” −como sabe todo universitario– hace alusión a la universalidad del conocimiento y fue también, desde su origen, el término con el que se nombró al gremio que velaba por proteger los intereses de las personas comprometidas con “el oficio del saber”.

Por eso, estoy convencido de que la Universidad mantendrá un papel relevante en las sociedades venideras, preservando ese carácter germinal, el de una institución que favorezca espacios de encuentro con el conocimiento, no solo para todos los miembros de la comunidad académica sino para el conjunto de la sociedad en general; espacios desde donde poder innovar y también reflexionar, desde donde medir y orientar muchos de nuestros avances, y también, cuando sea necesario, desde donde recibir alertas sobre los riesgos a los que tener que enfrentarnos con mayor rigor y garantía.

 

Señoras y señores,

A finales del XIX, la Institución Libre de Enseñanza echó a andar con un catálogo de principios a los que se proponía ser fiel. En concreto, la educación tendría que facilitar una formación profesional que preparase a los estudiantes para ser científicos, abogados, médicos, ingenieros, literatos..., pero, como decía su programa educativo de 1876, "sobre eso, y antes que todo eso, personas capaces de concebir un ideal, de gobernar con sustantividad su propia vida y de producirla mediante el armonioso consorcio de todas sus facultades".

Este espíritu, este ideal, debe acompañar cualquier proceso de modernización educativa. Preparar especialistas y profesionales de la mayor calidad, sin descuidar nunca la necesidad y el objetivo de que los alumnos puedan experimentar intelectual y vitalmente su propia formación.

Porque un objetivo irrenunciable para la Universidad debe seguir siendo el de educar ciudadanos instruidos y con capacidad de juicio; personas comprometidas con el futuro de su comunidad, de su sociedad, atentas a la novedad y al conocimiento; hombres y mujeres, en definitiva, que contribuyan a sostener una sociedad democrática, autocrítica y abierta a un mundo globalizado, interdependiente e interconectado.

Muchas gracias”.

 

Discurso del Rector de la Universidade da Coruña, Julio Abalde Alonso

 

“La Universidade da Coruña tiene el honor de ejercer de anfitriona del solemne acto de apertura del curso 2019-2020 del sistema universitario español.

Nos complace que esta primera visita del jefe del Estado a nuestra universidad coincida con nuestro trigésimo aniversario y contar con la compañía de autoridades, de representantes de entidades e instituciones y de los máximos responsables de un buen número de campus españoles.

Permítanme que, en primer lugar, felicite a la profesora Amparo Alonso, catedrática de la Facultad de Informática y presidenta de la Asociación Española de Inteligencia Artificial, por la magnífica lección con la que ha abierto este acto. Muchas gracias, Amparo.

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La Universidade da Coruña pertenece a la generación de campus públicos españoles nacidos al amparo de la Ley de Reforma Universitaria de 1983.

Somos una de esas universidades públicas que en las tres últimas décadas han contribuido a facilitar el ejercicio del derecho a la educación superior, con todo lo que eso implica para la elevación del nivel cultural y profesional, para la cohesión y equidad social y, en definitiva, para el progreso social, económico y cultural de España.

En los centros de A Coruña y Ferrol trabajan más de 2.200 personas (de las que 1.400 son personal docente e investigador) y cursan estudios más de 19.000 alumnos y alumnas. La savia de nuestras aulas se renueva cada año con la llegada de más de cuatro mil jóvenes.

Con el nacimiento de la Universidade da Coruña se estableció en el norte de Galicia y de España un nuevo centro de cultivo y difusión del saber y de la investigación científica. Un motor estratégico para el desarrollo local y regional, estratégico también para la innovación en colaboración con las administraciones públicas y con las empresas.

A lo largo de estos 30 años hemos crecido y consolidado nuestra oferta académica y nuestra capacidad científica y hemos multiplicado la transferencia de resultados a nuestro entorno socioeconómico.

Hemos encarado los cambios y las exigencias de los nuevos tiempos como oportunidades para perfilar nuestra identidad y dar relevantes pasos adelante en la mejora e internacionalización de nuestros campus.

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El rol central de las universidades está llamado a incrementarse de forma progresiva en los próximos años. El posicionamiento estratégico de las universidades españolas será cada día más decisivo y necesario en un mundo también cada día más globalizado e inmerso en un progresivo cambio de modelo económico.

Las universidades españolas estamos en disposición de afrontar esos cambios, disponemos de un buen sistema universitario. Unos buenos campus, de los que sale alumnado bien preparado. Unos buenos campus, que son los principales centros de investigación científica del país.

Recordemos que, pese a lo engañosos que pueden resultar las comparaciones, a pesar de las acusadas diferencias de financiación, los tres ránkings internacionales más prestigiosos sitúan más de la mitad de las universidades españolas y el 84% de las públicas entre las mil mejores del mundo.

Pero necesitamos revisar a fondo el marco legal. Necesitamos una nueva legislación estatal que garantice una financiación estable y suficiente. Una nueva regulación para facilitar a las universidades la autonomía necesaria para el desempeño de sus funciones académicas y científicas y de su papel reforzado en el sistema de I+D español, sin los corsés burocráticos que minan su competitividad y su eficiencia.

Urge que nos dotemos de los instrumentos legales y los recursos económicos adecuados para evitar la fuga del talento y ser capaces de atraerlo. Nos alegramos (y lo agradecemos) de poder contar con colaboración de la empresa privada en programas como el Intalent de la Universidade da Coruña para recuperar y captar talento investigador, pero precisamos autonomía y apoyo de las administraciones públicas para desarrollar más programas de captación.

Vivimos una época de cambios sociales y económicos profundos, generados, a ritmo vertiginoso, por factores tan determinantes como los espectaculares avances tecnológicos que nos sorprenden casi cada día.

La adaptación al cambio se ha convertido en una de las mayores fortalezas individuales y colectivas en las universidades, obligadas como nadie a leer con rigor los nuevos procesos y los nuevos retos sin caer en las trampas de modas e iniciativas efectistas o cortoplacistas.

Nuestras misiones las tenemos claras, así como nuestro compromiso presente y futuro con la agenda renovada que la Unión Europea promueve en las universidades, así como los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de la ONU.

Pero es fácil constatar que las universidades españolas afrontamos la nueva década en manifiesta inferioridad de condiciones.

Los ajustes y los recortes aplicados durante la crisis nos han dejado con 10.000 millones menos de financiación.  Semejante merma afecta muy gravemente a nuestra financiación estructural y lastra el enorme potencial de nuestros campus.

Corresponde ahora encarar la recuperación del terreno perdido. Toca establecer un marco presupuestario suficiente y a la altura del carácter, que afirmamos, estratégico de nuestra función académica y científica.

Europa se había marcado como objetivo para la década que se cierra alcanzar una inversión del 3% del PIB en I+D+i. En España, con un 1,20%, estamos lejos de la meta. Si afirmamos que la inversión en educación superior y en I+D es la base de la competitividad presente y futura de la economía española, hemos de obrar en consecuencia. Así lo deberían entender la sociedad y los poderes públicos.

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Miles de estudiantes se han incorporado estos días a las aulas en las facultades y en las escuelas de nuestros campus.

Al comenzar el curso debemos renovar el compromiso con nuestro alumnado: la responsabilidad de ofrecerles una formación de calidad y el compromiso en la búsqueda constante de la excelencia que caracteriza a las buenas universidades, que define a los buenos universitarios. No está de más recordarlo.

Compromiso que pasa por avanzar en nuestro proceso de internacionalización; por actualizar permanentemente metodologías e instrumentos de aprendizaje; por ampliar la conexión con el entorno profesional a través de las prácticas; por garantizar las becas y las ayudas para que sea efectiva la igualdad de oportunidades; por ofrecer, en fin, un entorno de estudio y trabajo a la altura de las necesidades, de la ilusión y de las expectativas de los estudiantes.

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Arranca o curso 2019-2020 e eu deséxolles a todas as comunidades universitarias que teñamos un bo ano académico.

Moitos aspectos das nosas obrigas coa sociedade, que tanto nos gusta definir como estratéxicas (porque, certamente, o son) van moito máis alá de indicadores obxectivables, de cifras, de créditos e de partidas orzamentarias.

O feito de que o paradigma tecnolóxico determine a centralidade universitaria na sala de máquinas da sociedade do século XXI debe reforzar a nosa obriga de lle procurar ao alumnado unha base sólida de formación intelectual, ademais da profesional.

A sociedade mira para nós como referentes, non só académicos e científicos, senón tamén de valores humanísticos, sociais e culturais, que han de impregnar o noso quefacer cotián.

Os valores propios dunha sociedade aberta e avanzada, como o compromiso co desenvolvemento sustentable, coa cohesión social, coa igualdade de oportunidades, coa integración ou contra a violencia de xénero e calquera tipo de discriminación.

Valores, igualmente, como a promoción da nosa cultura e da nosa lingua, a vella lingua galega en que remato esta miña intervención. A lingua oficial da Universidade da Coruña que define a nosa personalidade e o noso carácter, que nos abre ao mundo e que vincula a Galicia e a España cunha ampla comunidade cultural alén das nosas fronteiras.

Grazas a todas e a todos por compartir hoxe con nós, no noso Paraninfo, esta xornada especial para a Universidade da Coruña.

Moitas grazas. Muchas gracias”.

 

Discurso del presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo

“Estamos a las puertas de una nueva década. Estamos en la universidad que es un faro para contemplar ese horizonte inmediato.

El lema de la sede universitaria donde nos encontramos hace mención precisamente a la luz que sirve de referencia, marca la ruta y disipa la oscuridad.

Así como los navegantes han tenido desde hace siglos la iluminación de la cercana Torre de Hércules, así también la Universidad en su conjunto tiene una misión de guía e inspiración que en estos tiempos resulta especialmente necesaria.

Ante el nuevo decenio que se aproxima caben dos actitudes antagónicas que se corresponden con dos filosofías políticas, sociales y económicas dispares. Una se resume en la pregunta de “qué va a suceder”, o dicho de otra forma qué nos depara un destino que no podríamos gobernar ni muchos menos alterar.

Semejante postura comporta actitudes rayanas en lo apocalíptico porque en ese futuro en el que sólo seríamos sujetos pasivos, no suele haber elementos tranquilizadores.

Pero ese interrogante que presenta el futuro como si fuera una circunstancia climatológica inexorable, tiene su contrapunto en una pregunta muy diferente. La cuestión no es “qué va a suceder”, sino “qué vamos a hacer”. La respuesta está en la sociedad, en las instituciones, pero muy especialmente la respuesta debe estar aquí en la Universidad. Es aquí donde el futuro se anticipa, se moldea y deja de ser amenaza para convertirse en oportunidad.

No sólo porque es en las aulas y centros de estudio donde adquieren conocimientos los profesionales del mañana, sino además porque en la comunidad universitaria bullen el conocimiento, el debate y la reflexión.

La Universidad casi siempre ha sido como el explorador y descubridor incansable de territorios que parecían vedados por la ignorancia, el oscurantismo y la superstición.

Han transcurrido más de 500 años desde que Lope Gómez de Marzoa fundara una de las universidades más antiguas del mundo, la de Santiago de Compostela, y desde entonces esa facultad anticipatoria permanece.

Por eso es éste un lugar idóneo para reflexionar sobre la década que se avecina, en especial sobre dos aspectos que inquietan a los que compartimos ideales democráticos: la fragmentación social y la consideración de la verdad como algo molesto o en todo caso prescindible.

La raíz etimológica de “universidad” nos remite a la idea de comunidad. “Ayuntamiento”, la denomina en sus Partidas Alfonso X el Sabio, el mismo que tenía el gallego como idioma de cultura.

La universidad tiende al objetivo de una mente colectiva capaz de enfrentarse a los retos del conocimiento y su transmisión.

Podemos encontrar un impulso parecido en la democracia, en el desarrollo de grandes naciones como España, en el nacimiento de estructuras como la Unión Europea, o en la génesis de los organismos de cooperación internacional.

Sin embargo, existen en la actualidad diversos factores que cuestionan el deseo de encontrar lo “común” que une a las personas y los pueblos, para sustituirlo por la búsqueda de elementos de división y fraccionamiento.

He ahí una disyuntiva que sin duda estará presente en la próxima década y que otorga un papel muy relevante a la Universidad como nexo de unión o como “Parlamento” del conocimiento.

Utilizo la analogía entre Universidad y Parlamento porque ambos expresan el deseo tan humano de cooperar para abrir nuevos caminos en el entendimiento. No es casual que ambos sean destino predilecto de las críticas de los que abogan por enrarecer la convivencia entre pueblos y personas.

Otro reto presente en nuestros días y que acaso se agudizará en el decenio que nos aguarda, afecta a la verdad. Si en épocas pasadas el enemigo de la libertad fue la verdad entendida como algo único, inmutable y dictado, en los tiempos que nos toca vivir el peligro procede de quienes la dan por muerta.

Vemos en la Universidad una vanguardia decisiva en la defensa del principio de que no hay una verdad única como antes, ni tampoco una post verdad como algunos quieren establecer ahora, sino verdades que evolucionan, dialogan entre sí y ofrecen respuestas estables a la convivencia y el conocimiento. Sin verdades compartidas ese conocimiento se hace difícil, y la propia democracia se torna más frágil y queda a merced de sus adversarios.

Majestad, señoras y señores. Nos gustaría que la próxima década pudiese ser para el mundo una “década de las Luces” y en ese propósito la Universidad tiene un papel protagonista, como así ha sido en los momentos de nuestra historia que se iluminaron con la libertad y el progreso.

Los gallegos lo sabemos especialmente dado que nuestras libertades siempre han tenido cobijo en nuestra Universidad, cuando fuera de sus muros reinaba lo que Celso Emilio Ferreiro describió como “longa noite de pedra”.

La Universidad ha sido y es una parte fundamental de Galicia. Lo es porque refleja esa ansia de unirse que es propia de nuestra gente.

En fechas recientes, durante un viaje a la República Argentina, recordaba cómo bautizaba nuestra emigración a sus entidades cívicas. Términos como “agrupación”, “hermandad”, “reunión” o “comunidad” son frecuentes y dan fe de la culminación de un largo camino que se inicia en los castros aislados y tiene su meta en esta Galicia familiar, española y europea.

Por eso Galicia ha hecho de la Universidad, durante estos años de democracia y autogobierno, una de las joyas más preciadas, y en correspondencia nuestras tres universidades han sido un ejemplo de cooperación institucional, de adaptación y de servicio a la comunidad.

Galicia ha sabido crear un sistema universitario compuesto por tres universidades que cada vez actúan con mayor armonía, lo cual guarda relación con los que antes decíamos sobre la lucha contra la fragmentación.

La diversidad no fragmenta. La defensa de identidades incluyentes no lleva al aislamiento o la desconfianza, como lo demuestran las universidades y la propia comunidad gallega en su relación con los demás pueblos de España y de Europa. Son las nuestras, universidades que suman. Es Galicia, un pueblo que crece sumando voluntades.

Hay también en esa simbiosis de Galicia con su Universidad un factor europeísta que debo reseñar en un acto como éste. Junto al Camino de Santiago, existe otro casi igual de antiguo, intelectual y no orográfico, trazado por las relaciones entre universitarios y universidades europeas.

Así por ejemplo, en la relación epistolar que mantienen nuestro Alonso de Fonseca y Erasmo de Rotterdam hay un germen de lo europeo que se combina con el trasiego de peregrinos que van hacia Compostela. La Galicia europea surge de ambos caminos, que se perpetúan en estas alturas del sigo XXI y tendrán un nuevo punto culminante en el Año Santo de 2021, dentro de esa década ya inminente.

Majestad, señoras y señores. Hace mucho tiempo, con ocasión de la inauguración del curso universitario en Salamanca, Miguel de Unamuno dirigió a quienes le increpaban unas palabras que no han perdido vigencia para diferenciar la democracia de las variadas formas de autoritarismo.

“Venceréis pero no convenceréis”, dijo el escritor. En la democracia se vence en las elecciones pero lo esencial es convencer mediante la razón, esa herramienta universitaria por antonomasia.

Os españois levamos varias décadas practicando esa “democracia do convencemento” na que as derrotas e vitorias políticas son sempre reversibles e provisionais.

Ben podemos afirmar que o espírito universitario baseado en convencer, se traslada ao conxunto da nación para construír entre todos unha democracia que, sen falsas modestias, compre cualificar de modélica e na que a Coroa ten unha función de síntese.

Síntese entre épocas, entre maneiras de pensar, entre territorios e culturas. A Monarquía parlamentaria representada onte por Don Juan Carlos I e hoxe por don Felipe VI, únenos en torno a verdades compartidas.

Da súa man, e contando coa Universidade convertida en faro, a nova década, a década do noso xacobeo, a “década das Luces” se divisa chea de esperanzas.

Moitas grazas”.

 

Discurso del ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, Pedro Duque

Es un placer poder estar hoy aquí, en la apertura del curso académico de las universidades españolas.

Majestad, quiero agradeceros vuestra presencia en este solemne acto de apertura del curso académico 2019-2020. Nos honra el profundo compromiso de la Casa Real con la misión de la Universidad española, contribuir al progreso de la sociedad a través de la transmisión del saber accesible a todos, la investigación y la transferencia del conocimiento. Estas áreas cruciales para el presente y el futuro del país son las que competen al Ministerio que me honro en dirigir, áreas que se enfrentan a enormes desafíos, como ha quedado claro en las exposiciones que me han precedido.

Rector, es muy satisfactorio que celebremos el inicio del curso académico en la Universidade da Coruña, celebrando el trigésimo aniversario de una institución joven que alberga a casi 20.000 estudiantes y que ha sido básica para el desarrollo de una región innovadora y pujante.

Me uno a las felicitaciones a la profesora Amparo Alonso, quien trabaja en un campo estratégico, “la nueva electricidad”, que no solo es prioritario para el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, sino para todo el Gobierno. Tenemos el compromiso firme de alentar y apoyar la investigación y favorecer la existencia de entornos para su desarrollo, pero de igual modo tenemos la obligación de asegurar que estos avances se produzcan en condiciones que garanticen el beneficio compartido, preserven derechos civiles y valores democráticos, y anticipen los efectos que plantea la rápida introducción de la Inteligencia Artificial en ámbitos sociales básicos. Estos son los elementos esenciales de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial en la que estamos trabajando y que se hará pública antes de final de año.

Recogiendo el guante de los rectores que me han precedido en la palabra, quisiera yo también subrayar el enorme dinamismo y la calidad de las universidades españolas. A pesar de sus problemas estructurales y de las enormes dificultades experimentadas durante los largos años de crisis, han sabido mantener e incluso mejorar sus capacidades y resultados, como demuestran los datos que ya nos han expuesto en sus intervenciones.

Aunque ya se ha mencionado, quisiera destacar el papel de las universidades españolas en el programa de “Universidades Europeas”, el nuevo marco de alianzas entre campus que permitirá la movilidad de estudiantes, investigadores y profesores, y que va más allá del programa Erasmus. Es una apuesta clara por la competitividad de nuestras universidades, y es un orgullo que once universidades españolas hayan sido seleccionadas hasta ahora para participar en los 17 campus europeos, tres de las cuales ejercen además de coordinadoras de sus respectivas alianzas. La semana pasada acudí a Bruselas a la Cumbre de Educación y quedó claro que España es de los países que más éxito ha tenido en este programa, algo que es mérito de las universidades y que evidencia su calidad.

Como país europeísta, seguiremos apoyando este programa, como también seguiremos trabajando para mejorar nuestro sistema universitario, tal y como recomendaba el informe sobre Educación presentado durante la Cumbre. Todos somos conscientes, así lo hemos escuchado hoy, de la necesidad de modernizar algunos aspectos clave del sistema universitario español. Con más razón si queremos que las universidades sean actores centrales en la nueva economía y se mantengan como instituciones esenciales en los nuevos entornos socio-tecnológicos que se anticipan.

Esto exige que, como sociedad, nos planteemos qué reformas son imprescindibles para conseguir universidades más autónomas, más competitivas y más responsables con las sociedades en las que se insertan. Reformas que les permitan ser más innovadoras, más contemporáneas, más comprometidas y con más capacidad para afrontar las nuevas demandas que exige la sociedad.

Repensar cómo queremos que sean nuestras instituciones académicas es una de las prioridades que ha tenido y tiene el Ministerio. Ha llegado la hora de que el sistema universitario disponga de un nuevo marco normativo, una nueva Ley de Universidades que garantice la flexibilidad necesaria para que puedan desarrollar sus propios modelos estratégicos, construyan entornos para la generación de talento y se desenvuelvan en un marco global cada vez más competitivo. Esta nueva Ley Universitaria tendrá que plantear reformas que solucionen déficits crónicos del sistema universitario español, como abordar un nuevo marco de gobernanza institucional, impulsar la internacionalización, habilitar mecanismos que permitan atraer tanto a jóvenes investigadores como a científicos consagrados, o favorecer el papel de las universidades como motor de las economías regionales y de sus tejidos productivos.

Hay dos ámbitos que quisiera destacar por considerarlos esenciales. Por un lado, la adaptación de la formación a la nueva realidad laboral. Según datos de nuestro propio Ministerio, la inserción laboral de los egresados universitarios españoles es mucho mayor y más positiva en comparación al conjunto de la población sin estudios superiores, pero muestra importantes desajustes. Mientras que el colectivo de los titulados universitarios tiene mayores tasas de ocupación y casi la mitad de desempleo que los no titulados, los niveles de sobrecualificación son muy elevados frente a la media europea. Esta realidad nos exige, como representantes públicos, ayudar a que las universidades puedan modernizarse y adaptar la formación a las necesidades del empleo futuro.

Por otro lado, es esencial preservar el carácter de equidad y asegurar que el conocimiento y la educación superior sean consideradas como bienes comunes. En materia docente, la universidad no solo cumple una función formativa, sino que debe mantener un compromiso educativo. Como generadora de conocimiento, debe comprender cuáles son los verdaderos desafíos y retos de las sociedades avanzadas, y empujar continuamente la frontera del conocimiento en esa dirección. Como institución social, debe difundir y compartir resultados y conocimientos, fomentando el encuentro con otros actores sociales, y constituir un instrumento de justicia en la distribución de oportunidades.

Majestad,

No vivimos tiempos fáciles, ni para las universidades ni para la sociedad en su conjunto. Pero en el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades seguimos trabajando día a día para mejorar la eficiencia en el uso de los recursos y para promover su incremento continuado. El Gobierno apuesta decididamente por la modernización de España y por un sistema productivo basado en el conocimiento y la innovación, a la cual contribuyen de forma decisiva las Universidades.

Sé que cuento con su apoyo y con el de todos en esta sala para conseguir los objetivos que les he expuesto, objetivos que nos llevarán a tener una sociedad más formada, justa, solidaria y libre.

Más creativa e innovadora, y por ende más próspera.

Muchas gracias”.

 

Discurso del presidente de Crue Universidades Españolas, José Carlos Gómez Villamandos

“En estos minutos en que Su Majestad me permite dirigirme a los asistentes en nombre de los rectores y rectoras, lo que le agradezco sinceramente, quiero comenzar felicitando a los responsables de este brillante acto, muy especialmente, al rector Abalde, del que me consta que ha cuidado cada detalle para que todos nos sintamos como en casa y que este acto cuente con la solemnidad que merece la apertura del curso universitario por Su Majestad el Rey. Muchas gracias querido Julio. Y muchas gracias a las personas que conforman la Universidade da Coruña por la brillante labor que desempeñáis en vuestro servicio a la sociedad.

Sois un claro ejemplo del extraordinario valor de nuestro Sistema Universitario, que estoy obligado a recordar, en un ejercicio de responsabilidad, está condicionado por el estancamiento de las soluciones con las que debemos afrontar el día a día y el futuro a medio y largo plazo.

Cuanto más nos acercamos a la naturaleza del problema, más nos encontramos con posiciones atrincheradas en intereses de parte o postulados ideológicos que nos impiden avanzar en la búsqueda de las soluciones que necesitamos. Solo tienen que analizar las numerosas declaraciones, estudios sesgados, cuando no llamativos titulares, que únicamente estudian las variables que interesan para obtener un resultado prefijado. Es fácil comprobar que hay quienes están más dedicados a buscar debilidades o culpas, que en solucionar problemas estructurales que anclan a nuestro país y no lo dejan despegar como debería hacia el futuro.

Vivimos un tiempo en que la opinión predomina sobre la información y la realidad, basándose en tópicos mal fundamentados, cuando no directamente intencionados. Con afirmaciones que pretenden minar la reputación de la universidad, especialmente de la universidad pública. Hacer esas afirmaciones es poner en duda la preparación de nuestros médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, enfermeros… de miles de graduados que ejercen con profesionalidad y cualificación más que demostrada, siendo elementos claves del desarrollo de nuestro país. Hacer esas afirmaciones es una tremenda irresponsabilidad.

A pesar de todo y gracias al esfuerzo, nunca suficientemente reconocido, de todos los estamentos de la comunidad universitaria, España cuenta con un sólido y consolidado Sistema Universitario, que es referente internacional en muchas áreas de conocimiento. Somos el segundo país del mundo con más universidades dentro del 5% de excelencia universitaria por millón de habitantes. Somos la decimoprimera potencia en producción científica de calidad. Somos el séptimo país en eficiencia y eficacia universitaria; con 38 universidades en el top 1000 del ranking de Shanghái; y 45 en el ranking THE. Y el resultado de la convocatoria de Universidades Europeas ha sido un éxito.

Todo ello en el contexto de ser la decimotercera potencia económica del mundo, con indicadores económicos inferiores a los universitarios y contando con solo 7 empresas en el top 1000 del ranking mundial de empresas innovadoras. Todo ello pese a que contamos con un presupuesto por estudiante que es la quinta parte del de las universidades de la UE, y con la inversión en I+D reducida considerablemente, a diferencia del crecimiento experimentado en los países de nuestro entorno.

Miren, la realidad, a pesar de todo, es tozuda. La sociedad, los ciudadanos y ciudadanas del territorio de influencia de cada universidad están realmente orgullosos de ella, la sienten como algo propio, hay sentido de pertenencia, aunque nunca hayan pisado sus aulas, porque su creación ha sido el logro de la sociedad, algo que se constata en las celebraciones de sus aniversarios. El esfuerzo de generaciones ha permitido crear, mantener y mejorar nuestras universidades, depositarias de las ilusiones de nuestros jóvenes y generadoras de sus esperanzas; universidades que son de todos y para todos.

Las universidades han vertebrado nuestro territorio, han generado igualdad de oportunidades y equidad; han sido, y son, uno de los principales motores económicos de nuestras provincias, devolviendo a la sociedad 4,3€ por cada euro recibido. Y lo más importante, han sido un insustituible ascensor social, cumpliendo aspiraciones personales y profesionales de muchas familias.

Este ascensor social está en peligro como consecuencia de la menor inversión pública, de un mercado laboral y estructura económica anquilosados, ampliándose la brecha social y generándose planteamientos populistas. Un mercado laboral que obliga a nuestros jóvenes a buscar empleo en el extranjero, donde su formación y cualificación es, miren por dónde, valorada y reconocida. Al igual que es reconocida por los empleadores en España, como demuestran los resultados de las encuestas que las universidades hacemos sobre nuestros egresados o estudiantado en prácticas externas.

Lo que hace, lo que debe hacer la formación universitaria en un contexto europeo, es dotar a nuestros estudiantes del conocimiento fundamental necesario para el desempeño de su profesión, y que junto a facilitar una mejor estructura cognitiva les da versatilidad, seña de identidad del universitario, para adaptarse a un mundo cambiante, donde podrán dar respuesta a los retos de hoy, como ya hacen, y a los retos del futuro que hoy ni siquiera sospechamos; hablamos de una universidad que mejora la capacidad de pensamiento individual y colectivo, base de la creatividad y la innovación. Así es como debemos prepararnos para el futuro, así es como lo hemos hecho y solo así se puede explicar el desarrollo de la sociedad.

Porque la Universidad forma a nivel profesional y también a nivel personal. Los valores universitarios han sido esenciales para crecer como país y el milagro económico y social que ha vivido España no puede entenderse sin la contribución de la Universidad. Pero este éxito, que lo es, no nos hace caer en la autocomplacencia. Muchas cosas se han hecho bien, y en otras necesitamos, indudablemente, mejorar.

Somos una Universidad en continuo cambio y proceso de mejora. No conozco una comunidad universitaria que no sea competitiva y exija a su equipo de gobierno medidas para mejorar. No conozco un rector o rectora que no desee mejorar la docencia, la investigación, la transferencia de su universidad o la empleabilidad de sus egresados; que no desee que su universidad sea referente y motor de la cultura y de principios y valores democráticos”. En una situación de crisis económica, nuestras universidades han sido capaces de mejorar sus capacidades y resultados pese a vivir momentos de gran incertidumbre y dificultad de financiación que han puesto en evidencia la necesidad de reformas estructurales que venimos demandando desde Crue Universidades Españolas.

Una Ley que deseamos sea fruto del consenso, que dé respuesta a objetivos concretos, con líneas generales acordadas previamente y abordada de una forma integral. Una Ley que sea garante de la autonomía universitaria, recogida en nuestra Constitución y en la Magna Carta Universitaria de Bolonia de 1988, donde se señala que la universidad debe contar con la independencia moral y científica frente cualquier poder político, económico e ideológico; una Ley que sea garante de los estándares de calidad que tanto nos ha costado conseguir y que debemos seguir mejorando; una Ley que establezca un marco general de financiación asociado a una rendición de cuentas coherente. Una Ley, en definitiva, que nos permita dar mejor respuesta a las demandas de la sociedad presente y futura.

Pero esa Ley, siendo necesaria e importante, no puede ser una excusa para no afrontar situaciones que están asfixiando, enlenteciendo y desincentivando al Sistema Universitario. Hay herramientas legislativas que podrían dar solución casi inmediata a las trabas que afronta la actividad universitaria en su conjunto y la investigación en particular. Necesitamos que cuando se legisle se tenga en cuenta la singularidad de la actividad universitaria y de la investigación, algo que ya ocurre desde hace décadas en otros países de la UE.

Quizás los cambios que se pretenden para la universidad desde algunos sectores, y que califican como cambios revolucionarios, no sean más que una actitud reactiva ante la auténtica revolución del conocimiento compartido que supone un Sistema Universitario eficaz, eficiente y equitativo.

Majestad, presidente, ministro, señora y señores. Una vez más afirmo que la sociedad del futuro depende de la educación y de la universidad del presente, puesto que no hay desarrollo significativo en ningún país al margen de su universidad. Confíen en la universidad, quieran a la universidad, siéntanse orgullosos de ella y, sobre todo, exíjannos. Estoy seguro de que sabremos estar a la altura de lo que la sociedad nos demanda y seguiremos siendo motor indiscutible de la mejora social y económica de nuestro país.

Muchas gracias”.

Publicado por: Gabinete de Comunicación da UDC