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A lo largo de los siglos las Ciencias de la Salud han sido objeto de la pintura. Su representación plástica ha variado en forma y contenido de acuerdo con multitud de condicionamientos, permaneciendo invariable cómo el hecho científico se une al lado humano en la práctica de la profesión. Por otro lado las obras de arte han sido también útiles para documentar la historia de la Medicina. La figura del profesional médico como personaje definido aparece ya presente en las pinturas rupestres del Paleolítico. Eran curanderos que dominaban rituales que servían como métodos terapéuticos. En las antiguas Grecia y Roma la profesión médica no estaba institucionalizada e incluso no era bien considerada, a excepción de los sacerdotes de Asclepio, dios de la medicina.
En la Edad Media el profesional médico estaba desligado de la cirugía y anatomía prácticas, poseyendo conocimientos basados en los dogmas de Galeno o Hipócrates, que con frecuencia conducían a errores fatales por su inexactitud. Por otro lado estaban los cirujanos prácticos o barberos, que habían adquirido conocimientos de cirugía en los monasterios y atendían a las gentes humildes a quienes practicaban sangrías, extracciones de dientes u operaciones menores. Su actividad dio origen a los curanderos charlatanes cuyo modelo ha permanecido casi inalterable durante toda la historia del arte.
En el Renacimiento aparecieron los primeros retratos de médicos famosos como Andreas Vesal, quien fue el primero en publicar una compilación de láminas explicativas y textos sobre sus investigaciones anatómicas. Durante el siglo XVII se continuó representando a los médicos ambulantes cómicamente, surgiendo la figura del médico rural y del urbano. El primero de carácter humilde se representaba tratando de impresionar a las gentes, mientras que el segundo a menudo aparecía tomando el pulso a pacientes femeninas con el fin de encandilarlas. El siglo XVII es también el siglo de los anatomistas, por convertirse la Anatomía en una disciplina que fue dejando de lado el dogmatismo medieval priorizando los hechos basados en la propia experiencia.
Ya en el XIX los pintores oficiales del Romanticismo lo presentan de forma idealizada y humanista, ya sea en pleno proceso de investigación o impartiendo clases prácticas a sus alumnos. La pintura realista por su parte significó una revolución a la hora de su representación, pues se muestran con frecuencia en el ejercicio de su propia profesión. En la pintura del siglo XX aparece la imagen del médico de familia, al cual se acudía por necesidad y costumbre y cuyas armas eran la receta la pastilla o la inyección con la que asustaba a niños y adultos.
En cuanto a las enfermedades estas fueron representadas por los artistas unas veces captando lo que acontecía en el entorno inmediato y otras con fines puramente estéticos. Estar enfermo fue y es uno de los grandes miedos de la humanidad. Los pintores representaron este estado de indefensión de diversas maneras, ya sea subrayando el sufrimiento, la soledad o la falta de libertad que comporta. En la Edad Media el enfermo podía ser un mártir afectado por el destino o un endemoniado que pagaba sus pecados con el sufrimiento. Así, ciegos, tullidos y locos, sumidos en la pobreza deambulan por las escenas.
Como resultado del culto al sufrimiento alentado por la religión imperante, surge la figura del enfermo que permanece en cama atendido por familiares, amigos y médicos, mientras espera la muerte. El cuerpo humano, objeto de cuidado de los griegos, y la salud pública, una de las prioridades de los romanos, quedaron condenados como origen del pecado, siendo la enfermedad una oportunidad de penitencia debido al sufrimiento que implicaba. Si hubo una enfermedad de consecuencias cruciales en la historia de la humanidad, esta fue la peste negra o bubónica cuya alta mortandad a mediados del siglo XIV inspiró a artistas a realizar obras donde la enfermedad está representada por la propia muerte. Así el tema de la muerte se consolidó en el arte como alegoría de la banalidad de lo terrenal.
El Renacimiento y la exactitud representativa de los pintores de este período convirtieron el retrato en un catálogo fidedigno en cuanto al estudio de las enfermedades de los retratados. Gracias a la maestría de estos artistas en el color y el dibujo pueden observarse en ocasiones tumores cutáneos, forúnculos, cataratas, roturas de huesos, dermatitis, etc. Los pintores flamencos detallaron los rasgos de los personajes que aparecen en ocasiones como verdaderos enfermos a punto de caer desmayados delante del espectador. En el Barroco se buscó la verosimilitud hasta llegar a extremos de gran crudeza, gracias al estudio directo de cadáveres de ejecutados. Hubo también un interés por lo extraño: enanos, retrasados mentales, etc. Eran retratados con frecuencia.
La convalecencia, o etapa de recuperación de un enfermo tras superar la crisis de una grave enfermedad fue uno de los temas que surgieron con fuerza durante el siglo XIX. A menudo eran mujeres jóvenes con aspecto triste y lánguido acompañadas de flores marchitas y medicamentos. Se trataba de representaciones sombrías, diferentes de las enfermas del mal de amores del siglo XVII. El Romanticismo propuso una visión de la enfermedad en la que los síntomas se intensificaron hasta resultados teatrales, siendo la intercesión de Dios o el héroe lo único que podía salvar a los enfermos. Las escenas de enfermedad eran en algunos casos tenebrosas e inquietantes, casi expresionistas.
Con la llegada del Realismo se mostraron la miseria y soledad a las que conducían nuevas enfermedades de la era industrial como el alcoholismo o la drogadicción. Ya en el siglo XX se fue concediendo un mayor protagonismo a enfermedades o trastornos físicos y psicológicos propios de la vida burguesa como el sonambulismo y la obesidad. La figura del convaleciente decayó debido a los avances de la medicina moderna, surgiendo la del paciente en plena intervención quirúrgica, completamente inconsciente, mientras cirujanos y asistentes se disponen a operar.
La pintura también ha recogido los escenarios donde han desarrollado su actividad médicos, enfermeros, matronas o boticarios, así como lugares de terapia para la salud del cuerpo y de la mente, como termas naturales o baños destinados a aguas medicinales. Fue en la Grecia antigua donde aparecen las primeras escenas de consultas médicas según el concepto que tenemos de ellas en la actualidad. En Roma la medicina experimentó un importante avance gracias a la aparición de cirujanos militares y hospitales de campaña, y Medicinas creadas por los emperadores romanos conscientes de la valía de los médicos.
En el arte medieval el enfermo se encuentra en un hospital o casa de caridad, o en habitaciones privadas y a veces incluso en plazas públicas. En el Renacimiento los cirujanos aparecen retratados en teatros anatómicos rodeados de alumnos y personalidades. El siglo XVIII o “de las luces” vio nacer las instituciones especializadas en el confinamiento de enajenados mentales, y en el XIX, durante el Romanticismo, los profesionales se representaban en primera línea de batalla, si bien en realidad dada su importancia solían estar en la retaguardia, mientras que durante la estética realista se asiste a una gran variedad de escenarios.
También el laboratorio se convirtió en escenario habitual siendo representado con pulcritud, orden y luminosidad. Por último, la visión de los hospitales se apartó del modelo de casa de caridad en el s. XX, con una pérdida paulatina de la humanidad en el trato al paciente a medida que avances técnicos y químicos fueron dominando las distintas terapias.
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