Para que las encuestas

La evaluación docente en la Educación Superior tiene algunas peculiaridades que hacen que merezca la pena detenerse a reflexionar sobre ella al menos un momento.

Contrariamente a otros niveles de la educación, en que a evaluación se centra en el proceso de enseñanza–aprendizaje que tiene lugar alrededor de las materias que configuran el currículum, en la Universidad disponemos de una forma de evaluación añadida cuya responsabilidad recae sobre la Institución y que viene a constituir un criterio de calidad como reveladora del interés por la mejora de la docencia universitaria: la evaluación docente. En el primer caso, la evaluación en la Universidad tiene muchos elementos conceptualmente comunes con los demás niveles educativos. En el segundo, no siempre está claro qué evaluamos, para que y cuales son los medios más apropiados.

En términos generales, la evaluación docente desempeña una función de control o fiscalización de la actividad desarrollada por el profesorado. Dadas las características de la Enseñanza Superior se utilizó la evaluación docente para identificar el grado de cumplimiento del profesorado de sus obligaciones y el nivel de satisfacción del alumnado con la enseñanza recibida en las materias que cursó. No en pocas ocasiones se otorgó a esta información el carácter de indicador da calidad docente, actuando a veces como criterio para la recepción de algún complemento retributivo o de más o menos presupuesto para la docencia. En cualquier caso, las finalidades más comunes se podrían sintetizar en la valoración del cumplimiento y satisfacción general del estudiantado con su profesorado y con las materias cursadas.

En la actualidad, a todo lo anterior habría que añadir el factor acreditación: el profesorado debe acreditarse como paso previo a su contratación en alguna de las figuras que establece la LOU, y eso fortalece la visión del resultado de la evaluación como indicador de calidad docente.

La posibilidad de que el alumnado valore la enseñanza recibida siempre se consideró como un elemento moderador de cualquier tendencia a la arbitrariedad y como un estímulo para mejorar aquellos aspectos que resultan evaluados más negativamente. Que el profesorado reciba información sobre su actividad se considera en si mismo como un elemento de cambio. Sin embargo, los problemas que presenta este tipo de evaluación docente son muchos, y no nos detendremos aquí a comentarlos todos, aunque si mencionaremos algunos a continuación.

Parece bastante evidente que la docencia no es un proceso que resulta de la acción unidireccional del profesorado. La docencia es el referente sistémico de la actuación de varias fuerzas en un contexto dado. El contexto lo facilita el propio currículum y el centro en que se desarrolla (con sus posibilidades y límites materiales y humanos). Las fuerzas implican a profesores y estudiantes que representan las dos caras de una misma moneda. No tiene sentido enseñar si no existe alguien que deba aprender. De igual manera que no puede existir aprendizaje, en sentido educativo (por lo tanto, situado en un contexto intencional y propositivo desde la perspectiva sociocultural) sin que exista alguien en disposición de enseñar.

Si la docencia fuese el resultado unidireccional podría entenderse una evaluación centrada en la valoración de la actividad del profesor. Pero ya que la docencia refleja el resultado de una actuación conjunta entendemos que debe contemplar a ambos, a quien está en disposición de enseñar y a quien está en disposición de aprender, dado que el resultado de lo que sucede depende de la interacción entre ellos.

Por este motivo, no consideramos oportuno evaluar solo la satisfacción del alumnado. Esto puede ser razonable para quien lo considere el “cliente” de un servicio y, por tanto, ajeno a su funcionamiento. Pero el estudiante, educativamente hablando, no es cliente, es actor. Tanto como lo es el profesor, por lo que el resultado de la docencia a lo largo del curso variará en función de las características y decisiones que unos y otros tengan o tomen.

Pero, que evaluar? En nuestra opinión debe ser evaluado aquello sobre lo que institucionalmente intervenimos. Es obvio que la evaluación de los contenidos del currículum le corresponde al profesorado, igual que lo es la posición que el alumnado ocupa en relación con ella. Se evalúa aquello sobre lo que se intervino y que resulta de una planificación dirigida a la consecución de determinados objetivos. En el caso de la Institución Universitaria que evalúa anualmente su docencia, de que hecho podemos operativizar los objetivos que persigue y en que acciones podemos traducir su intervención?

La pregunta no es banal si partimos de que es demasiado frecuente que la evaluación docente se acabe en si misma. Se evalúa para informar acerca del hecho en que el profesorado desarrolle pedagógicamente su materia. No se juzga su preparación científica o académica, si no el modo en que la despliega para conseguir los objetivos especificados en el plano de estudios. Se espera que el profesor tenga formación suficiente, en este sentido, como para modificar su actividad pedagógica cuando los estudiantes lo informen al respecto. El que posee la suficiente motivación o se le proporcionan los suficientes incentivos como para implicarse en programas formativos que el mismo debe identificar como los más apropiados para sus necesidades.

En nuestra opinión, sin embargo, este análisis, que no puede ser generalizada, no se corresponde con la realidad de la vida universitaria. Primero, porque pocas universidades disponen de un programa de formación inicial do su profesorado que garantice los conocimientos pedagógicos suficientes como para “poder elegir” los métodos y técnicas más apropiados. Segundo, porque pocas universidades tienen un programa formativo dirigido al profesorado que esté vinculado con un “diagnóstico” previo e individualizado de sus necesidades formativas. Tercero, porque para que se cumplan los objetivos establecidos en el currículum se necesitan no solo profesores competentes y dedicados a este labor, si no también estudiantes con las competencias necesarias para aprender y con la motivación necesaria para hacerlo. Cuarto, porque el profesorado y el estudiantado necesitan de asesoramiento especializado que los oriente en la dirección adecuada para mejorar de forma continua. Por eso, lejos de reducir a cantidad de información derivada de los procesos de evaluación docente, lo que parece más recomendable es buscar la información realmente pertinente para la tarea de asesorar y proporcionar recursos formativos y que, proyectada en el tiempo, permita conocer el grado de cambio y su dirección, tanto desde la perspectiva individual del profesorado o el alumnado, como desde la más global de la Universidad.

Por lo anterior, la Universidad de A Coruña prefirió optar por un proceso de evaluación para a formación que persigue optimizar los recursos de que disponemos y ser útil a la comunidad universitaria. El objetivo es diseñar un plan formativo para el profesorado, el alumnado, y el personal de administración y servicios, que ayude a mejorar sus competencias profesionales y a que todos hagamos mejor nuestras tareas año tras año. Este plano formativo incluye la creación de los grupos departamentales de calidad como destinatarios de una parte importante de las iniciativas de formación, pero implica también la puesta en marcha y el aumento o mejora anual de cursos presenciales y virtuales dirigidos a los tres colectivos mencionados.

La evaluación no tiene sentido si no proporciona oportunidades de reflexión y de cambio. El marco europeo en que nos encontramos hace que esto, más allá de una realidad, sea también una necesidad que implica la evolución profesional de todos los que formamos la comunidad universitaria.

Mediante la evaluación podremos elaborar el Plan Director Docente de cada curso. En el se analizarán y se planificarán las necesidades de apoyo de la comunidad universitaria y su redacción se traducirá en un Plano de Apoyo a la Enseñanza, un Plan de Apoyo al Aprendizaje (ambos ya elaborados para el curso 2003-2004) y un Plan de Apoyo a la Gestión (en elaboración).

Los datos para su elaboración se obtienen mediante un procedimiento de cuestionario y se refieren por separado a las necesidades relacionadas con la enseñanza y con el aprendizaje, recogiendo así el sesgo cara a las actividades de aprendizaje que define el nuevo marco universitario.

El profesorado contesta a preguntas sobre sus competencias como docente y otras sobre las competencias que atribuyen a sus estudiantes, considerados como grupo, en tanto que aprendices.

El alumnado contesta a preguntas sobre su satisfacción con cada materia cursada, con la finalidad de valorar el papel que desempeño en su formación, y sobre como percibe su actividad personal en ella, así como acerca de la percepción que tienen de sus competencias como aprendiz.

En una segunda fase se incluirá al PAS en este proceso con el fin de identificar las demandas que reciben del profesorado y estudiantado y valorar su capacitación o los recursos de que disponen para atenderlas.

Aún siendo la realización de la Evaluación Docente un compromiso institucional, la participación sigue siendo voluntaria y los datos confidenciales, pero la participación no es anónima. En primer lugar, porque las opiniones personales nunca son conocidas por el destinatario, o que garantiza la confidencialidad necesaria para informar sinceramente. En segundo lugar, porque las valoraciones deben ser fruto de una reflexión responsable. En tercer lugar, porque una vez cubiertos los cuestionarios y en función del plan formativo disponible en la UDC, los participantes reciben información sobre los resultados, sobre su perfil formativo y sobre los recursos que la Universidad pone a su disposición para mejorar en los aspectos que lo requieran. Y, en cuarto lugar, porque los datos almacenados año tras año se utilizarán para generar históricos que muestren la evolución de cada docente y de cada estudiante en los diferentes ámbitos evaluados y en función de los recursos formativos que utilizase.

Precisamente, será el análisis de los datos históricos lo que servirá de base para evaluar el Programa Formativo de la Universidad (constituido por los Planes de Apoyo a la Enseñanza, al Aprendizaje y a la Gestión), ya que el estudio de la relación entre las necesidades expresadas, el uso de recursos y las nuevas demandas comunicadas en la siguiente evaluación, permitirá valorar la eficacia que tienen los recursos ofertados.

La evaluación de un programa es clave para poder mantenerlo en el tiempo y para que se pueda identificar la relación coste–beneficio que produce. Este es, a nuestro juicio, un modo más eficiente y socialmente responsable de utilizar los recursos, siempre escasos, de que disponemos las Universidades públicas.

Todo eso sobre a base de una confianza básica en los agentes que intervenimos en este proceso, retirando de la evaluación cualquier elemento que contribuya a desvirtuar su sentido o a cuestionar la validez de sus resultados. Esto implica confiar en la profesionalidad del profesorado y en la responsabilidad e iniciativa del estudiantado, del PAS y de la propia Institución.

Esto requiere también integrar la evaluación docente en la actividad académica ordinaria de un curso, de modo que su realización sea tan normal como la asistencia a las clases o la realización de prácticas.

Pero necesita también de una mayor dignificación. La evaluación docente tiende a ser vista por profesorado y alumnado como algo improductivo y que no requiere de esfuerzo intelectual. Y esto no puede ser admitido cuando estamos hablando de una actividad reflexiva que resume e integra la actividad desarrollada a lo largo de un curso o un trimestre y cuando, en algunos casos, es condicionante de los recursos o del futuro profesional del profesorado. Al contrario, la evaluación docente y sus efectos sobre la formación de docentes y estudiantes, así como sobre la mejora de la propia Universidad, debe entenderse como una de las actividades más serias y productivas para la comunidad universitaria.

Por último, implica también retirar la evaluación docente del terreno de los incentivos económicos y de cualquier tentativa sancionadora. Evaluamos la docencia para que el resultado de la formación universitaria sea mejor cada día y esa, y no otra, es la tarea diaria de quien desde el nivel institucional o desde el día a día en las aulas trabajamos por una sociedad más justa y desarrollada en un mundo cada vez mejor.