A la obra de Juan Villanueva, máxima cota del neoclasicismo hispano, siguió el obligado paréntesis de la guerra de la Independencia. Años después se reanudarían dos corrientes, una austera o gélida y otra pintoresca y arqueológica, dos lenguajes difundidos desde la Academia a través de las pequeñas obras que se podía permitir un país arruinado por la guerra. La excepción surgió en Galicia, con la construcción de una gran templo neoclásico en 1816, la Colegiata de Vigo, obra proyectada por el arquitecto Melchor de Prado Mariño, con la que la arquitectura gallega emprendió un camino artístico regido por la más estricta ortodoxia oficial.
En la obra viguesa, la huella
de Villanueva es palpable, con una planta casi idéntica a la de
un proyecto de basílica no construido del arquitecto madrileño.
La fachada, por el contrario se aleja de las soluciones del siglo XVIII,
para definir el nuevo tipo de fría composición que se repetirá
en los nuevos tempos de la primera mitad del siglo XIX. Unas fachadas de
rigurosa ordenación modular y geométrica, con planos ligeramente
resaltados en los que destacan o se rehunden cuadrados, hornacinas y medallones
lisos. La Colegiata de Vigo utiliza el orden toscano en sus columnas lo
que le proporciona un porte monumental, acentuado por altos y voluminosos
plintos cúbicos. Este purismo clásico, tan ajeno a lo gallego,
es el resultado de la evolución de los postulados racionalistas
de la Ilustración, hacia un pragmatismo obsesionado con la composición
codificada. Las ventanas se tratan como meras perforaciones en las bóvedas
y en los muros, la pilastra casi desaparece, llegándose a una situación
de tensa frialdad emocional.


| Dpto.
de Composición.
Universidade da Coruña. |